Después de todo que le había ocurrido sólo podía encerrarse en su despacho y sentarse para pensar. Desde que era un niño había trabajado para aquellos delincuentes, los asesinos de toda su familia. ¿Toda su familia? No. Aún le quedaba su hermana gemela. Su querida hermanita a la que tuvo que proteger des del día en que él se unió al enemigo. Auren sólo tenía diez minutos menos que él, pero para él siempre sería una niña pequeña. La quería con toda la potencia de su corazón. Siempre había sido así. Siempre había luchado por ella y para ella.
Pero algo había cambiado. Había parecido una misión tan simple como todas las anteriores. Y no se la habían dado sólo porque por casualidad se encontraba cerca de ella, sino porque él era uno de los mejores agentes del enemigo. Y uno de los más fieles. Si el viejo supiese por qué sigo ejecutando bajo sus órdenes. Pero no debe saber que Auren sigue con vida. Está segura en los bosques. No quiero que esto cambie. Al pensar ésto, notó un pinchazo en su pecho. ¿Y si cambiase? ¡Dios! ¿Por qué le tuvo que pasar a él? Era un profesional. Un asesino como el enemigo para quien estaba trabajando. Bien, también era un hombre. Pero había estado con miles de mujeres para satisfacer sus necesidades sexuales esporádicas. Pero para él, las putas no eran nada más que un cuerpo femenino y una voz que gemía bajo sus movimientos. Solo un envoltorio vacío. Algunas de ellas eran preciosas, como las que sus superiores ponían a su disposición. Pero ninguna de ellas había logrado despertar en él un sentimiento tan fuerte como lo que sentía por su hermana. Ninguna podía tocar su corazón como para enamorarlo. A ninguna de ellas la quiso besar durante el acto sexual. Ninguna de ellas le preocupaba demasiado. A ninguna de ellas la habría rechazado sólo para no ensuciarla. Esto había cambiado cuando la conoció a ella.
Siempre que pensaba en su cuerpo impresionante se le aceleraba el corazón. Aquella mujer con el pelo de un color ardiente. Aquella con un cuerpo fuerte y frágil a la vez. Aquella mujer tan buscada por sus superiores. La mujer a la que había que matar.
Había pasado meses a su lado. Estaba seguro de que nadie la conocía tanto como él. Su naturaleza observadora ya había memorizado cada uno de sus movimientos suaves, el tacto húmedo de su piel, la elegancia con la que volaba su pelo en el aire. Su mirada había atravesado su ropa miles de veces y había acariciado suavemente su cuerpo desnudo. Cada una de las noches en que había dormido a su lado él había sentido el deseo de tocarla, de liberarla de la tela que cubría su piel caliente y besar cada milímetro de su cuerpo. Había soñado tantas veces son sus muslos. Quería saberse seguro entre ellos, protegido del frío de la noche. Sentía el deseo de tenerla entre sus brazos, sentir su respiración bajo su cuerpo. Quería entrar, sentir su calor y fundirse con ella en éxtasis. Quería oirla gritar su nombre, y quería gritar el suyo. Besar sus pechos y cuello. Quería morderla. Hacerla sufrir y disfrutar a la vez. Quería castigarla por todo aquello que le hacía sentir. Había sido libre hasta conocerla. Y ahora sólo quería abandonar el juego y marcharse con su querida. A un país lejano donde podrían unirse siempre que quisieran, varias veces al día. Donde nadie les molestaba. Un lugar donde no importaban las putas, las armas, los asesinatos, las vengazas, donde no importaban los sueños rotos ni las leyendas. Un lugar donde sólo existían ellos dos, su amor... y sus deseos.
Pero no podía marcharse tan facilmente. Tenía que proteger a su hermana de la mano fría y cruel de los asesinos. Todo sería mucho más fácil si Auren no estuviera ahí, si hubiera huído cuando había tenido la oportunidad, si no existiera. ¿Y si Auren muriese?
No. Esto es justo lo que quería evitar durante todos estos años. Auren era su familia, su vida. No podría sacrificar a su hermana sólo para estar con otra mujer. Una mujer que le odiaba, ahora que había descubierto su identidad. Solo había dos opciones: salvar a la mujer que tanto amaba y deseaba y poner en peligro la vida de su hermana, o quedarse con su hermana, seguir cumpliendo sus misiones, continuar fiel a sus superiores y torturar y matar a su querida en el nombre de la Red Negra.
Seguía mirando la pared sucia de su despacho y su escritorio donde de pequeño había escrito tantos textos. Había recibido la mejor educación gracias a los asesinos de su familia, sólo porque él era distinto. Porque él tenía una capacidad que el destino le había regalado, una capacidad que salvó su vida y la de su hermana. Se encontraba sentado en su silla dura y fría. Se había pasado media infancia aquí y se había quejado muchas veces de las incómodas opciones de sentarse. Pero nunca antes le había parecido tan molesto sentir la madera en su espalda. Sentía la necesidad de levantarse y deshacerse de la presión que hacía el material gastado sobre su columna. Sabía que tenía que levantarse y actuar. Tomar una decisión.
Entonces se le abrieron los ojos. ¿No había este grupo de revolucionarios sido la esperanza para todo el país? ¿No habían luchado durante tanto tiempo para destrozar el poder de la organización oscura? ¿No habían vencido a un agente tras otro? Siempre se había reído de los deseos de libertad de esos ilusos. Pero ¿podrían cumplirse? Teniendo en cuenta esta fuerza de resistencia se creó otra opción. Podía morir su querida, podía morir Auren... o podía morir la Red Negra. Por fin encontró la fuerza para levantarse y actuar. Tenía que darse prisa. Los cuatro guerreros valientes que quedaban libres estaban a punto de entrar a la base de la Red. Corrían peligro agudo. Sólo alguien con suficientes conocimientos sobre la base, la Red y sus líderes podía evitar que cayesen en manos de los asesinos. Estiró su mano hacía su escritorio para coger el cinturón con sus cuchillos en él. Se ató la correa a la cintura, la tapó con su chaqueta azul y salió corriendo por la puerta. Siguiendo el camino hacía la celda donde aún se encontraba la joven hermosa.