Tres años. Tres largos y bonitos años.
Hoy abandonaré definitivamente mi piso. Todavía hay mucho que hacer, mucha ropa que poner en cajas y bolsas, muchos objetos que recoger, muchos abrazos que hacer a las paredes vacías que durante los pasados tres años han sido mis fieles acompañantes. Si las paredes pudiesen hablar...
Hablarían de todas las fotos y dibujos que colgué en ellas el mismo día que llegué y que se fueron acumulando a lo largo de los años, de todas las canciones que les canté cuando nadie más escuchaba, y de todas las bolsas de patatas que me comí en épocas de exámenes. Hablarían de mis bailes de felicidad al saber de exámenes aprobados y buenas notas, de las lágrimas y gritos de desesperación cuando las cosas no salían como debían, de todas las frases de mis libros preferidos que repetí una y otra vez porque suenan tan bien cuando se pronuncian en voz alta.
Hablarían de las conversaciones con los compañeros, de todas las cenas de piso y las borracheras grupales, de las lágrimas cuando alguien se despedía para siempre, de la curiosidad que se siente por los compañeros nuevos. Hablarían de todas las noches de verano, cuando me dormí pegada a ellas para porque estaban agradablemente fresquitas. Y también hablarían de les noches de invierno, y se sentirían culpables por no haberme podido proteger lo suficiente del frío.
Pero sobretodo hablarían de mí, de mis temores, de todas las historias que todavía quiero contar y que sólo he contado a ellas, de mis planes para el futuro, de todos los lugres que quiero visitar, de mis esperanzas y mis sueños.
En honor a las paredes que forman mi querida habitación, con su asimetría rara que impide una distribución normal de los muebles, con su ventana y la persiana que no se puede subir del todo, y con su armario empotrado que tampoco cierra bien, me tomo la última copa.
Se acaba esta etapa de mi vida. A por un nuevo hogar y nuevas paredes que también llenaré de recuerdos y emociones.
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